Surgen, por donde miremos, realidades disfrazadas. Las observamos a través de los medios y ya no nos sorprende.
El ámbito político parece ser siempre escena: Armada, actuada, aparente. Y ya no es noticia cuando se descubre. Es una más.
Parece que el candidato Justicialista, que compitió por la presidencia de nuestro país en 2015, intentó aparentar que su situación matrimonial era ideal. Se mostraron juntos hasta el día de definiciones. Luego de los resultados, todo cambió.
¿Hasta dónde forma parte de su vida privada y no debería importarnos? Y ¿Cuándo roza o toca de lleno con algo que sí nos compete? Seguramente se banaliza todo con la aparición de las imágenes de la modelo que lo acompaña, pero lo que se investiga judicialmente debería importarnos: son los viajes del ex mandatario provincial durante -y algunos antes inclusive- de la mentada campaña presidencial. Viajes pagados con erario público, ergo, el Estado, por tanto nosotros.
Atrás queda la intuición de que la mentira por guardar las apariencias del idilio matrimonial fue en función de poder arribar al Poder Ejecutivo Nacional. Ya ni siquiera cabe analizarlo. No queda claro y no podemos hacer hipótesis contrafactum para saber si hubiera obtenido la victoria presentando su separación en público. Quizás tampoco hubiese sido un factor relevante. Pero sí podemos advertir que la forma en que se desarrollaron los hechos, tras la derrota admitir la separación, significó al menos la mirada con sospechas sobre una mentira orquestada para la campaña. Estas cosas no suelen ser bien juzgadas desde una ciudadanía que demanda verdades, porque hipócritas o no, la sinceridad suele ser un principio respetable.
No obstante, la imágen de Daniel Scioli estaba dañada por su relación con el kirchnerismo y el corte que nunca se animó a dar. Por compromiso o convicción se sostiene que ello fue su peor decisión de campaña, en medio de una que sumó varios.
Muchos analistas señalan hoy con cierta vehemencia que si Scioli se hubiera apoyado más en el peronismo y distanciado un poco o dando un corte definitivo con el kirchnerismo hubiera sumado chances. Otra hubiera sido la historia. Pero se vio envuelto en la vorágine de la campaña sin salida. Se entiende su accionar, cortar con Cristina hubiera significado perder al electorado que suponía que tenía, el mismo que apoyaba la gestión en la que él estaba irremediablemente involucrado. Hubiera significado quedar quizás como un “traidor” y no como el “títere” que se encargó muy bien Mauricio Macri de establecer en su propia campaña. Nadie olvida el ” en que te han convertido, Daniel” del debate presidencial, el cual tuvo impacto en aquel momento.
Scioli era el candidato. Habían analizado las mediciones -confiables hasta entonces- por lo cual ni siquiera arriesgarían internas. Aceptaron a Scioli, muchos a regañadientes. Aparecía “el candidato” por decantación y la supuesta medición de buena imagen. Luego, en innumerables ocasiones, no supieron muy bien qué hacer con él y Scioli con ellos. Se dijo en más de una oportunidad que Cristina “hacia campaña para la oposición” y era algo que la ex Presidenta no intentaba ocultar.
Casi en vilo, tras los rumores,muchos esperábamos el corte de Scioli. Sin embargo, el siempre “poner la otra mejilla” resultó parte explicativa de la inesperada, para la mayoría sorpresiva derrota.
Lo que surge hoy sin dudas presenta un intento por complicar la imágen de Daniel Scioli. Algunos dicen que es un intento por tapar las últimas decisiones del Gobierno Nacional que involucran blanqueo y exceden algunos términos constitucionales. Se trata de desviar la mirada.
Lo que se expone es -una vez más, una de tantas discusiones que nos debemos- el control sobre el dinero de campaña. En qué se utiliza, cómo, hasta donde existe un control efectivo de esa utilización de dinero que nos corresponde y que se sospecha se utiliza a discreción.
No podemos saber a esta altura cuánto hubiera afectado los resultados la exposición de su situación sentimental real. En las alturas del ballotage las cartas estaba echadas.
Lo que parece dejarnos esta nueva información es que somos espectadores de una nueva lucha que no es exactamente nuestra. Es política. Es por el poder político. Son batallas aisladas que preludian el 2017 electoral con escenario muy complejo.
Es menester que la justicia se ocupe correspondiente y responsablemente de ésta y todas las causas judiciales entorno a la gestión anterior y la actual. Pero para el ciudadano es mejor tener la perspectiva de sospecha y pasar por “perseguidos” viendo operaciones por doquier, que pasar por inocentes desprevenidos. Aunque curtidos, este tipo de noticias ya no nos desvelan.
Los argentinos nos hemos acostumbrado a esto, a poner siempre la mirada atenta sobre todo, más aún respecto a la política. La experiencia avala esta conducta.
Existen las causas armadas, las “operaciones” políticas así como existen las causas que se investigan y las que se ocultan deliberadamente.
Hoy, somos menos inocentes y nos toma menos desprevenidos cada noticia que refiere a este tipo de situaciones. Lamentablemente. Triste pero cruda realidad, debería -ojalá- encontremos el remedio.
La política de las apariencias, la apariencia de la verdad.
Estamos acostumbrados a que el ámbito político nos oculte realidades. No nos sorprende. No nos espanta. Casi no nos inmuta.


