Un calendario frenético en el que Mauricio Macri buscará llegar con aire a las PASO de agosto

El Presidente mide su resistencia en distritos clave. En una quincena de junio se amontonan diez votaciones.

Hay un super junio, la quincena que va entre los domingos 2 y 16 donde se amontonan diez elecciones provinciales. Es la postal de la premura de los gobernadores, peronistas y cambiemitas, por ordenar los asuntos domésticos cuanto antes, sin intoxicarse con la riña presidencial.

Pero antes del junio frenético, hay otra temporada -que toma parte de abril y mayo- en el que la Casa Rosada también pondrá a prueba su resistencia electoral antes de las PASO de agosto: es un hilo que une las primarias de Entre Rios y Santa Fe con la general de Córdoba.

Son tres provincias que -junto a Mendoza, San Luis y CABA- integran, en el mapa de los tercios, la porción más amable con Mauricio Macri: es el corredor donde Cambiemos arrasó -o casi- en el balotaje de 2015 y ganó, con excepción de la inesperada victoria del PJ puntano en la general, en 2017.

A principios de marzo, cuando la Corte nacional volteó la reelección de Alberto Weretilneck, en Casa Rosada se instaló el pánico sobre una potencial victoria del PJ en Río Negro que iría atada a tropiezos de Cambiemos. Una secuencia doblemente adversa: el peronismo expansivo, el oficialismo en caída.

Martín Soria chocó la fantasía del regreso pero Cambiemos anotó un récord poco prometedor: salió tercero en Neuquén, Rio Negro y Chubut, y no tuvo candidato propio en San Juan. En la micro interna oficial, Carlos Mac Allister perdió en La Pampa con el radical Daniel Kroneberger.

Se trata, según la lógica cambiemita, de territorios adversos de antemano. Por eso, Macri no se metió en las aquellas campañas y si lo hizo, 10 días atrás, en la elección de Entre Rios para respaldar a Atilio Benedetti contra Gustavo Bordet, un peronista “amigable”, de buen trato con el Presidente.

La derrota entrerriana, que sería más abultada de lo imaginada por el Gobierno, redobla el alerta sobre la pelea santafesina donde José Corral, intendente radical de Santa Fe, intenta terciar entre el socialista Antonio Bonfatti y la primaria peronista que animan Omar Perotti y María Eugenia Bielsa.

En Santa Fe y Córdoba, más allá de las polarizaciones, juegan los terceros: Miguel Lifschitz, escudero no peronista de la candidatura de Roberto Lavagna, bracea en busca de un triunfo para potenciar al economista en una lectura lineal pero válida: dejar a Cambiemos en tercer lugar, lo abajo posible, como reflejo de que eso puede ocurrir también en la PASO presidencial del 11 de agosto.

Para Cambiemos, que en abril del 2015 festejó la primera victoria con Mauricio Macri de la mano de Miguel Del Sel -que luego perdió la general-, quedar tercero en Santa Fe sería un mal indicio.

En Córdoba, Juan Schiaretti hace cálculos sobre cuál será la dimensión de su victoria porque Cambiemos se partió en dos ofertas, lo que le ofrece además la posibilidad de ganar la capital con Martín Llaryora.

En el “TEG peronista”, aparece otro factor: a Schiaretti lo esperan en Alternativa Federal (AF) para que oficie como celestino entre Lavagna, Sergio Massa y Juan Manuel Urtubey, y evite que la discusión sobre las primarias intoxique al espacio.

El peronismo no K también arriesga en estos 30 días que vienen: si ganan, Schiaretti y Lifschitz pondrán a tributar esas victorias en la cuenta de la “tercera posición”.

La lectura, en el dominio donde Cristina Kirchner levantó su boleta K de Pablo Carro más para evitar una papelón que para ayudar a Schiaretti, es otra: cuánto acumulan juntos los cambiemitas Negri y Mestre, sumatoria que será leída en el laboratorio de Marcos Peña como el piso electoral de Macri.

No como el techo.

Algo similar se aplicará en Entre Ríos: el voto de Benedetti se puede computar como apoyo duro de Cambiemos, transferible masivamente a una boleta encabezada por el Presidente, mientras lo que juntó Bordet tenderá a dividirse entre dos ofertas peronistas.

Una de Cristina Kirchner -o de quien ella bendiga- que se subió a festejos de socios y pagó derrotas no del todo suyas. El balance K se alimenta de las caídas de Macri más que de las victorias propias.

CG