Su cuerpo es humano, pero su identidad, animal. “Tengo dos años y medio”, dice Aguará, un adolescente de 15 años de pelo rosa, mientras se estira como un perro. “De hecho, soy un perro —dice—: un pastor belga malinois”. ¿Y de dos años y medio? Sí, porque en “año perro”, los años se multiplican por siete, ¿sabían? Y aunque suene loco —loquísimo—, estamos delante de un auténtico fenómeno de teensploitation. Donde va, Aguará es sensación: corre, salta, se viraliza. Y fue el Barrio Chino el que se convirtió en el escenario propicio para compartirle al mundo quién es realmente: un therian.
Según The International Anthropomorphic Research Project (IARP), un grupo de científicos que investigan el furry fandom, “la therianthropía es el fenómeno de individuos que se identifican como una especie animal no humana y a menudo pueden manifestarse a través de shifts, que son cambios en el estado mental o sensaciones físicas percibidas”.
La cosa es así: los therians se viralizaron porque generan en los otros “algo” difícil de decodificar. Es risa, es bronca, es comprensión, es menosprecio, es incomodidad, es amor, es desconocimiento, es todo eso junto y mucho más. “Desde chico tuve comportamientos que no eran normales”, continúa Aguará. Porta siempre una colita de zorro —o varias— y es el ¿perro? que se viralizó saltando por las plazas de Belgrano. “Con el paso del tiempo, me di cuenta de que tenía una conexión con los canes”, sigue, mientras Milanesa de Pollo, su perro, celebra la aparición del NO en su hogar del barrio de Balvanera.
Aguará quiere tanto a los perros que se siente parte de ellos. Se siente uno de ellos. Y sí, también ladra, se rasca, huele y pierde su mirada buscando vaya a saber qué. “A mí me gusta la atención. Y me chupa un huevo lo que digan los demás. No tiene por qué importarme”, desafía.
Mientras tanto, a su lado, Apolo, dos años y medio perrunos y unos quince de humano, asegura que es un “polytherian” pero que fundamentalmente es un “tigre”. Se lo ve más reservado, medido en sus palabras y porta un marco teórico bien sólido. Por eso, define sin solución de continuidad algunos conceptos como theriotipo (especie), phantom shift (sensaciones físicas de miembros que no están) y otherkin (término paraguas que incluye criaturas mitológicas como elfos, hadas, ángeles y vampiros).
“También soy un dragón”, dice Apolo, dejando entrever su lado otherkin y mitológico. ¿Por qué? “No lo elijo. Es como ver un espejo. Si bien siempre supe que soy un tigre, que ni siquiera es mi animal favorito, también soy un dragón. Siento la necesidad de volar. Puedo tener varias identidades físicas, mentales y espirituales”. Ser “therian” no es un término clínico ni biológico estándar, sino más bien una identidad subcultural y psicológica. “Ay, yo también soy un dragón”, se suma Aguará. ¿¡Por qué!? “Porque soy escamoso.” Donde esté, en el plano que se encuentre, David Lynch se está abriendo una verdulería.
Otros animales que Apolo también “es”: tigre blanco, tigre naranja, zorro de mármol, gato siberiano y hámster. Todos al mismo tiempo. “Ver a esos animales es como ver un espejo”, insiste Aguará, en plena ascensión filosófica. Aguará se crió entre perros y Apolo entre gatos. El origen salvaje y divino del poder romano, con la fábula de Rómulo y Remo criados por lobos, está contado desde este punto exacto.
Therians (Gentileza -)
Ni furros ni otakus
“Hay que correrse de lo meramente simpático y entender que son cosas complejas. La salud mental parte desde lo subjetivo, pero también implica lo relacional y el contexto. Y eso es lo que no pasa de moda. Son cuestiones que nos desafían a que acompañemos a las adolescencias, pero no podemos quedarnos solo en la pose. Los chicos lo advierten como una forma de pertenecer y ‘ser manada’, algo que es vital y fundante en la adolescencia”, matiza el psicólogo Damián Supply, profesional especializado en adolescencia y entornos digitales.
Por estos días, los therians andan recibiendo una atención inusitada. Y si bien son una comunidad joven, nacida al calor de la red en los foros de Usenet de comienzos de los ’90, superaron en popularidad a los ya instalados furries, subcultura que maneja un interés profundo en los animales antropomórficos, figuras habituales en los eventos del fandom otaku y misceláneos. “Para que se entienda fácil, el furry es similar al cosplay, la diferencia es que el cosplay se disfraza de un personaje que ya existe y el furry se disfraza de un personaje que uno crea, que suelen ser animales antropomórficos. Los therians se sienten identificados con los animales; nosotros, no”, marca diferencia Vionk, participante activa de la comunidad de furros en Argentina.
Aguará persigue palomas, juega con perros, pega saltos descomunales —tremendamente atléticos— y corre en cuatro patas (“quadrobics”, en la jerga). “Antes no éramos tantos”, cuenta Apolo. “Encontrar más gente así me parece buenísimo”, se pliega Aguará, visiblemente feliz por todo este ruido y todas estas luces. Sin embargo, Apolo disfrutaba más de la discreción, de moverse entre la gente sin llamar tanto la atención más que, eventualmente, ser sindicados erróneamente de “otakus” y ya está, a otra cosa mariposa. Por caso, ambos tienen un emprendimiento de máscaras y colas sintéticas llamado Were Crew, con el que abastecen las necesidades estéticas de la comunidad therian.
Therians (Gentileza -)
Therians en sociedad
“Somos conscientes de que somos personas. No vamos oliéndole el culo a los perros”, tranquiliza Aguará a la Liga de Padres Ofendidísimos. Y, después de rascarse la oreja, se explaya con una buena dosis de civismo: “Sabemos que somos humanos, que vivimos en una sociedad y que estamos regidos bajo un código penal”.
Miau, miau. Suenan notificaciones en el celular. Miau, miau. El celular de Aguará literalmente explota de propuestas para entrevistas, notificaciones de chicos que quieren conocerlo, fans que se vuelven locos con sus piruetas y, obviamente, haters. Probablemente, así se habrá sentido Cumbio en el apogeo de los floggers: menores de edad teniendo que plantar cara por subculturas pop-ulares que, de una u otra manera, se les fueron de las manos.
La agenda de Aguará la maneja su mamá, Lorena, quien trata de ponerle orden a estos días de muchísima velocidad y exposición: “Mi sensación con todo es que quiero cuidarla. La escucho, acompaño y pongo el foco en que esté bien. Hablamos mucho sobre el tema. Lo vivo con emoción y con sensibilidad. No puedo creer lo que está pasando, que se generen tumultos de gente para ver a mi hija, pero trato de vivirlo con calma y estar presente en todo”.
“Guau, guau”, ladra Aguará. “Guau, guau”, insiste. “Ah, es que a veces ladro”, se confiesa. Y el ladrido se oye como una emulación perfecta de un auténtico ladrido de perro. “Mi mamá me llevó al psicólogo pero le dijeron que ‘no era nada’, que ‘estaba jugando’”, manifiesta Aguará con cierto alivio. En su intimidad, escribe poesías, es fanático del Pity Álvarez (“Tremendo poeta”, dice) y en el colegio le va perfecto. En efecto, no se llevó ninguna materia. Apolo sí, pero una sola: educación física. “La voy a rendir ahora en febrero”, señala.
Ellos saben que se salen de la norma, que lo suyo es llamativo y son conscientes de su “diferencia”. Y, de paso, se sacan rápido de encima cualquier encasillamiento. “Lo lindo de todo esto es vernos como realmente somos”, se sincera Apolo. A la sazón, unos datos más o menos oficiales confirman que en Buenos Aires hay aproximadamente 200 therians y que unos 120 de ellos pertenecen a la Comunidad Xul Solar, un colectivo (¿manada?) fundado por esta dupla cuyo bautismo rinde honor al artista cósmico y astrólogo Xul Solar.
“Debe haber muchos más por ahí. Y muchos que aún no saben que son therians”, lanza Apolo, como una botella al mar. Esa comunidad divide a los grupos entre “menores” y “mayores”. “Hay miembros de 35 años”, asegura Apolo, mientras controla los impulsos gatunos. Miau, miau, suenan las notificaciones. Entre la decó de adolescente, máscaras, pieles sintéticas, una sábana blanca tendida, figuras de animé, un jugo de papaya y un tendal de fotos que se sacarán en un rato en los pasillos del Abasto, una verdad salmodiada por Adrián Dárgelos, de Babasonicos, en “Mientas Tanto”: “Convivir es aceptar a los demás”.



