“Macbeth” según Joel Coen: “La vida es un cuento narrado por un idiota”

Desde este viernes, AppleTV+ presenta “La tragedia de Macbeth”, la versión conservadora, transgresora y a la vez cinéfila escrita por el Bardo de Avon hace más de cuatro siglos. Dirigida por el autor de “Ave César”, está protagonizada por Denzel Washington y Frances McDormand, con lo que por primera vez en el cine el rey de Escocia es interpretado por un afroamericano

“La vida es un cuento narrado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no tiene ningún sentido“, se le escucha recitar con dolor -y bronca- a Denzel Washington, figura central de “La tragedia de Macbeth”, es decir Shakespeare según Joel Coen,  estreno de este viernes por la plataforma AppleTV+.

La furia de Macbeth/Washington se da cuando en la ficción descubre que su esposa acaba de morir, presagio del derrumbe de su reinado. ¿A qué “idiota” se refería el monarca escocés? ¿A Dios, a las brujas que presagiaron su destino, a él mismo o a su padre intelectual, William Shakespeare?

Por qué Macbeth habría de resucitar y volver a morir, 416 años después de haber sido imaginado por Shakespeare -y a su vez nueve siglos más tarde de la desgraciada leyenda escocesa que fue relatada por varios autores en los que el Bardo de Avon habría abrevado, según la relectura del estadounidense Joel Coen- es otra pregunta que muchos se hicieron a poco de anunciada su producción, rodada en medio del aislamiento.

Sin embargo, cada vez que el cine tomó aquella historia (del dominio público) lo hizo para pagar la inmensa deuda que el teatro y las artes audiovisuales tienen con el autor de “Hamlet”, “El Rey Lear” y “Otelo”, entre más obras que, escritas o no por su pluma (como algunos historiadores conjeturan), tienen un claro denominador común.

Y surge entonces esa nueva pregunta que tiene fácil respuesta: el absolutismo y el despotismo de los monarcas, de la realeza, su ambición a prueba de moral y ética alguna, el destino señalado por llegar a su meta porque para ellos, y como afirma la contundente conclusión atribuida a San Ignacio de Loyola que en el siglo 15 aseguraba que “todo vale para buscar y hallar la voluntad divina”.

Para los personajes de los grandes dramas de Shakespeare, todo era válido, igual que para muchos gobernantes del mundo actual, sean de régimenes autocráticos o para aquellos que se proclaman en las antípodas, pero a la hora de tomar decisiones suelen poner en riesgo las libertades individuales garantizadas, con menor o mayor fuerza, por las mismas leyes a las que juraron respetar. Es decir llevar a la “civiliter mortuus” (la “muerte civil”) a la categoría de imprescindible para sobrevivir.

En este caso un señor es convencido por un trío de brujas de que se convertirá en el próximo rey de Escocia, conspirando posteriormente para tomar el poder con la ayuda de su esposa. Una situación que de diversas formas puede ser asociada no solo a tiempos muy lejanos o a pasados míticos, sino a muchos presentes, en los que la política termina imitando a fantasías que, en otras épocas, echaban mano a la política para el armado de sus tramas.

Y por eso mismo, Joel Coen no necesita tocar la letra del original sino por lo contrario, respetarla y, como buen cinéfilo de la escuela de los autodidactas, tomar de aquellos pioneros las unidades de lenguaje que más le sirvieran acomodadas a una nueva actualidad, con tanta independencia que, como sucedió con Alfred Hitchcock en “Psicosis” o con Alfonso Cuarón en “Roma”, el blanco y negro resulta mucho más intenso y expresivo.

Lo que se escucha y se ve en “La tragedia de Macbeth” -que a pesar de ser gran cine para ver en su verdadera dimensión en salas llega al streaming de pantallas caseras excepcionalmente grandes- es producto de un cóctel que abarca varios siglos de cultura, y la propia impronta que el autor, dueño -igual que su hermano Ethan- del talento de un genuino artista de joyas como “Barton Fink”, “Simplemente sangre”, “Fargo”, “El hombre que nunca estuvo”, y ya en solitario, “Ave César!”, le pudo aportar.

El recorrido que hace este Macbeth, impulsado por un cortejo de brujas que desde las tinieblas la trazan el camino que lo conducirán al trono de Escocia, va in crescendo desde su primera aparición delante de la cámara corporizado por Washington. Éste saca partido de escenografías mínimas, pasillos con arcos de medio punto que juegan con el contraste, con el recorte de los personajes y sus rostros expresivos, por momentos al filo de la explosión, producto de la alucinación.

Es que la locura del personaje, alimentada por la ambición desencajada de Lady Macbeth, interpretada por Frances McDormand (esposa del director), logra salir del molde del cine en el que creció y se convirtió en estrella para meterse en el de la interpretación teatral. Particularmente con su mirada: no necesite levantar la voz porque es la cámara la que se acerca para dar intensidad a cada gesto o mueca que advierte la inminente fatalidad. como revancha por los crímenes cometidos.

Hay un tic tac de pasos, de gotas de sangre espesa, metrónomo del tiempo que pasa, brujas sentadas en travesaños como si fuesen titiriteras, o reflejadas en el agua que Macbeth muestra en la cuenca de sus manos, las que van señalando un destino que no puede torcer, personajes en primerísimos planos que permiten descubrir con mínimos gestos, simetrías en medio de neblinas, recortes de figuras en paisajes tormentosos y, a fin de cuentas, cuánta pulsión de muerte hay en todo el relato.

La secuencia final con Macbeth enfrentándose a la muerte que carga en su espada el “prematuro” Macduff, en el angosto paseo de ronda de su fortificación, es memorable, rodada en formato 4:3 (casi un cuadrado en blanco y negro como todo el filme, el que tuvo el cine de la primera mitad del siglo 20). Igual que el permanente revoloteo y asedio de las aves rapaces que aguardan ansiosas el final de su futura presa con sus ominosas sombras, acechando cada vez más cerca de su preciado bocado.

El lenguaje hablado tal como en el presente -no obstante los giros que responden al original-, los homenajes subrayados (al maestro del cine silente Carl T. Dreyer y a su director de fotografía Rudolf Mathé en “La pasión de Juana de Arco”; el funcional blanco y negro platinado y brumoso de “El Séptimo Sello”, obra de la dupla Ingmar Bergman y Gunnar Fisher, o el afiche estilo Saul Bass (diseñador de créditos y muchos de los aspectos estéticos de “Psicosis”, de Hitchcock), ratifican la cinefilia de la propuesta.

Todo estalla minuto a minuto, y la pregunta del principio sigue sin respuesta: ¿quién es el idiota que cuenta el cuento?