La clase de terreno que escogían para vivir los primeros pobladores de Europa

Una investigación internacional, realizada a partir del análisis de los dientes de animales herbívoros como mamuts, hipopótamos, rinocerontes, caballos, ciervos y bisontes, aporta datos nuevos y reveladores sobre los humanos que durante la Prehistoria habitaron la cuenca de Guadix-Baza en Granada, España.

Este trabajo, en el que participa la Universidad de Helsinki (Finlandia) y la Universidad de Granada (España) dentro del ProyectORCE, revela que los primeros humanos que habitaron la cuenca de Guadix-Baza desde hace 1,5 millones de años hasta hace 400.000) buscaban para vivir zonas con mucha vegetación, y solo pudieron habitar en esta zona cuando los ecosistemas mediterráneos proporcionaron un extra de productividad, ya que necesitaban una alta cantidad de energía, insuficiente durante las fases climáticas más frías y secas.

Estas son las principales conclusiones que se extraen del nuevo estudio, publicado en la revista académica Quaternary Science Reviews bajo el título “Pliocene to Middle Pleistocene climate history in the Guadix-Baza Basin, and the environmental conditions of early Homo dispersal in Europe”.

En la investigación también han participado el Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social (IPHES), la Universidad de Tubinga en Alemania, y las universidades de Barcelona, Zaragoza, Salamanca y Complutense de Madrid, en España. El trabajo se ha realizado en el marco del ProyectORCE, coordinado por la Universidad de Granada (UGR) y financiado por la Junta de Andalucía, en España.

Para llegar a estas conclusiones, los científicos han analizado los dientes de animales herbívoros, como mamuts, hipopótamos, rinocerontes, caballos, ciervos y bisontes, hallados en los distintos yacimientos de Orce (Granada). Este es el primer trabajo que analiza la evolución faunística y los cambios ecológicos acontecidos durante cuatro millones de años de historia en la cuenca de Guadix-Baza, inserta en el Geoparque de Granada.

Los dientes son estructuras anatómicas que se relacionan directamente con la dieta. Para determinar la trascendencia de los principales tipos de vegetales consumidos se han aplicado dos técnicas desarrolladas por Mikael Fortelius (profesor de la Universidad de Helsinki y académico invitado de la UGR). El análisis se ha basado en el desgaste de los dientes y las características estructurales de estos y se ha hecho a una docena de yacimientos con antigüedades de entre 4,5 millones de años (yacimiento de Baza-1) y 400.000 años (yacimiento de Solana del Zamborino, Fonelas).

Así, la presencia o ausencia de determinados refuerzos en los dientes se correlacionan muy bien con las precipitaciones y, sobre todo, con la productividad primaria, esto es, con la cantidad y la calidad de materia vegetal disponible para los herbívoros. Por otra parte, el desgaste dental se vincula con la naturaleza del alimento: a mayor dureza y menor provecho de los vegetales, mayor deterioro de las muelas.

El tipo de hábitat, al descubierto

Uno de los grandes debates que han presidido el primer poblamiento humano del continente europeo es qué tipo de hábitat ocuparon nuestros ancestros más antiguos. Por un lado, tenemos a los defensores de que los primeros humanos salieron “persiguiendo” el hábitat de origen, esto es, la sabana. Pero los resultados de este estudio, liderado por Juha Saarinen (Universidad de Helsinki) muestran que no, que estos grupos primigenios vivieron en hábitats muy parecidos a los que actualmente siguen existiendo en buena parte de la península Ibérica: los bosques mediterráneos. El clima asociado a estos ecosistemas es tremendamente estacional, con veranos dominados por una pertinaz sequía, en los que la productividad cae a mínimos, sobre todo cuando la ausencia de lluvias en otoño y primavera ha sido prolongada.

La máxima productividad se da en el yacimiento de Solana del Zamborino (Fonelas), un sitio arqueológico, muy interesante, con una cronología de 400.000 años aproximadamente, lo que coincide con una de las épocas más cálidas y húmedas de los dos últimos millones de años. Le sigue un yacimiento paleontológico, Baza-1, en el que, por su antigüedad (4,5 millones de años), no cabe esperar presencia de homínidos.

En el extremo opuesto se localizan los yacimientos paleontológicos con menor productividad: Huélago (2,5 millones de años), Fonelas-P1 (2 millones de años) y los yacimientos orcenses de Fuente Nueva-1 (2,2 millones de años) y Venta Micena (1,6 millones de años). ¿Qué significa esto? Que la probabilidad de hallar evidencias de presencia humana en estos yacimientos es muy baja o inexistente. Entremedias, con una productividad alta, se sitúan los emblemáticos yacimientos de Barranco León (1,4 millones de años) y Fuente Nueva-3 (1,2 millones), los lugares con presencia humana más antigua de la parte occidental de Europa.

También aparecen Huéscar-1 (1 millón de años) y Cúllar-Baza-1 (800.000 años) donde, aunque muy reducida, se documenta presencia humana. Por último, emergen yacimientos que pudieron albergar a nuestros ancestros, aunque, de momento, no hay evidencias claras de los mismos: Barranco del Paso en Orce (1,8 millones de años) y Mencal-9 (1,7 millones de años). Por tanto, este trabajo supone un aporte metodológico capital para saber buscar lugares potencialmente habitables para los primeros europeos.

Los humanos, grandes demandantes de energía

¿Por qué nuestros antepasados más remotos requerían hábitats muy productivos? “En primer lugar, porque somos una especie muy gregaria que debimos vivir en grupos relativamente grandes, posiblemente de más de 30 individuos”, destaca el director del ProyectORCE, el investigador del departamento de Prehistoria y Arqueología de la UGR Juan Manuel Jiménez Arenas.

“Esto nos daba una ventaja evolutiva importante para hacer frente, por un lado, a la endogamia (probablemente uno de los factores desencadenantes de la desaparición de los neandertales) y por otro a la presencia de depredadores. Asimismo, la cohesión social contribuiría a la supervivencia en un medio complejo y conflictivo. Además, los humanos tenemos un cerebro tremendamente grande para nuestra masa corporal. Es relevante recordar que dicho órgano consume una cantidad exagerada de energía para su escaso peso (un 2% de la masa corporal total versus el 20% del consumo de energía, en humanos actuales)”, apunta el investigador.

También, la incapacidad para generar y controlar el fuego provocaría que determinados alimentos de origen vegetal fueran incomestibles. Por último, la tecnología lítica (las herramientas de las que disponían los primeros pobladores del continente europeo) no permitiría aprovechar de forma intensiva los recursos disponibles. “Como muestra, el nuevo estudio revela que nuestros antepasados no podrían vivir actualmente en la zona de Orce. Así las cosas, con los medios con los que contaban, los primeros pobladores de Europa no podían hacer frente a una sobreexplotación del territorio, como ocurre hoy en día. Por tanto, era la naturaleza la que determinaba la presencia de nuestros antepasados, y no eran estos los que se imponían a aquella”, concluye Jiménez Arenas. (Fuente: UGR)

Los humanos, grandes demandantes de energía

¿Por qué nuestros antepasados más remotos requerían hábitats muy productivos? “En primer lugar, porque somos una especie muy gregaria que debimos vivir en grupos relativamente grandes, posiblemente de más de 30 individuos”, destaca el director del ProyectORCE, el investigador del departamento de Prehistoria y Arqueología de la UGR Juan Manuel Jiménez Arenas.

“Esto nos daba una ventaja evolutiva importante para hacer frente, por un lado, a la endogamia (probablemente uno de los factores desencadenantes de la desaparición de los neandertales) y por otro a la presencia de depredadores. Asimismo, la cohesión social contribuiría a la supervivencia en un medio complejo y conflictivo. Además, los humanos tenemos un cerebro tremendamente grande para nuestra masa corporal. Es relevante recordar que dicho órgano consume una cantidad exagerada de energía para su escaso peso (un 2% de la masa corporal total versus el 20% del consumo de energía, en humanos actuales)”, apunta el investigador.

También, la incapacidad para generar y controlar el fuego provocaría que determinados alimentos de origen vegetal fueran incomestibles. Por último, la tecnología lítica (las herramientas de las que disponían los primeros pobladores del continente europeo) no permitiría aprovechar de forma intensiva los recursos disponibles. “Como muestra, el nuevo estudio revela que nuestros antepasados no podrían vivir actualmente en la zona de Orce. Así las cosas, con los medios con los que contaban, los primeros pobladores de Europa no podían hacer frente a una sobreexplotación del territorio, como ocurre hoy en día. Por tanto, era la naturaleza la que determinaba la presencia de nuestros antepasados, y no eran estos los que se imponían a aquella”, concluye Jiménez Arenas. (Fuente: UGR)

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