El Papa recibe al cardenal francés condenado por encubrir casos de pedofilia

El francés Philippe Barbarin, de 68 años, debe cumplir seis meses de prisión. Tiene previsto presentar la renuncia, pero asegura que es inocente porque hizo lo que pidió Roma.

La gran incógnita es que hará el Papa: este lunes, en el Vaticano, el cardenal arzobispo de Lyon, Philippe Barbarin, 68 años, primado de las Galias, renunciará ante Francisco tras ser condenado el jueves pasado a seis meses de cárcel en suspenso por un tribunal francés. La causa es no haber denunciado a la justicia al más famoso y odiado depredador sexual de chicos boy scouts en los años ochenta y noventa, el sacerdote Bernard Preynat.

Barbarin se profesó inocente porque “hice lo que me pidió Roma”. De carambola, su defensa es una acusación al propio Vaticano. El pedófilo Preynat, apartado tras muchos años de impunidad, será juzgado pronto por el mismo tribunal de Lyon.

Es la segunda vez que el cardenal Barbarin renuncia ante el Papa. La primera fue en 2016, cuando se plantearon las acusaciones y comenzó a funcionar la máquina judicial. Francisco se la rechazó.

Ahora es distinto, la justicia humana ha condenado al arzobispo de Lyon, un conservador de notable influencia en la Iglesia francesa, cuyo caso está sacudiendo hasta los cimientos las estructuras católicas, ya muy probadas por todos los casos de abusos sexuales, especialmente con el pederasta padre Preynat.

El Papa argentino participó en unos ejercicios espirituales toda la semana pasada en Ariccia, a unos 32 kilómetros de Roma, con altos prelados de la Curia Romana, como hace todos los años. La audiencia al cardenal francés reanuda plenamente su actividad en el Vaticano, con todos los focos encendidos de la opinión pública y los medios de comunicación en una de las peores crisis de la historia de la Iglesia, debido a la propagación, como una epidemia general, de los casos de abusos sexuales clericales.

Barbarin llegó a su cátedra de primado de las Galias en Lyon cuando ya había estallado el caso de Bernard Preynat y otros escándalos. Convocó a Preynat, que confesó sus culpas al arzobispo y juró que no lo volvería a hacer, lo que por supuesto no cumplió.

Pero el cardenal sostiene que ante la gravedad del caso consultó al Vaticano, concretamente a la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fé, el más importante dicasterio vaticano, que como ex Santo Oficio y ex Inquisición, se ocupa de la defensa de la ortodoxia doctrinaria y del mantenimiento de la disciplina del ministerio ordenado.

El prefecto de la Congregación, el cardenal español Luis Ladaria Ferrer, le respondió que tomara medidas para investigar el caso Preynat, pero que evitara “el escándalo público”. Barbarin no lo denunció.

El consejo de Ladaria plantea otro dilema. El tribunal francés reclamó que el guardian de la ortodoxia, cardenal Luis Ladaría Ferrer, compareciera en Lyon ante la justifica francesa para explicar su recomendación de no denunciar al cura Preynat. El Vaticano se negó refugiándose en la inmunidad diplomática.

El efecto puede producir una situación embarazosa en el caso que vaya adelante un proceso canónico al cardenal Barbarin, pues el encargado de realizarlo es el dicasterio de la Doctrina de la Fe, que dirige el purpurado español.

Todas las informaciones están en manos del Papa que es el que debe decidir. Aceptar la renuncia del arzobispo de Lyon, que haría un ruido ensordecedor, en primer lugar en Francia, y que multiplicaría aún más el escándalo por los abusos sexuales y los encubrimientos, que tienen a mal traer a la Iglesia.

Rechazarla o congelarla hasta que la condena quede firme o la sentencia se de vuelta en la apelación. Antes de bajar el pulgar, de acuerdo a las promesas de línea dura que aseguró en el encuentro sin precedentes de Francisco con los presidentes de las conferencias episcopales y los jefes de las órdenes religiosas a fines de febrero, el Papa puede también buscar un “destino dorado” para el cardenal Barbarin, pero la salida de Lyon será siempre un trauma.

En Francia, la “hija predilecta de la Iglesia”, las polémicas sobre la inocencia o culpabilidad del purpurado siguen agitando un mundo católico ya acomplejado por la decadencia de la institución, enferma del secularismo rampante en la sociedad.

La descristianización continúa y según Jerome Fourquet se va perdiendo la identidad cristiana. “Estamos en una época poscristiana y la desubicación de la matriz católica de la sociedad es casi total”. Y para muchos se avanza a una fase terminal. La participación a la misa dominical ha descendido al 4% (el 8.1% en las zonas rurales) y los matrimonios no religiosos llegan al 60%, constata Fourquet.

La disminución e los sacerdotes resulta impresionante. Eran 50 mil en 1950 y hoy llegan apenas a 10 mil, casi todos en edad avanzada. Cierran los seminarios. El “grandioso” de Lille, al que acudían los aspirantes al sacerdocio de todo el norte de Francia, ha sido clausurado por escasez de candidatos, alrededor de 30.

“No reconozco más a mi Iglesia”. Según Fourquet existe hasta una evaluación tendencial mortificante: el último bautismo esta previsto para 2048, la desaparición del último cura en 2031 y el matrimonio católico postrero en 2044.

Fourquet señala “un cambio de civilización”. Las Iglesias pobladas por fieles y sacerdotes encanecidos, mientras las mezquitas islámicas están plenas de jóvenes y sus espacios son desbordados por una comunidad pujante. “Durante centenares de años la religión católica ha estructurado el inconsciente colectivo de la sociedad francesa. Hoy esa sociedad es la sombra de lo que fue”.

Como un espectro ominoso, la Gran Crisis de los abusos sexuales aumentan el desprestigio de la Iglesia y han creado una situación inquietante. En Chile e Irlanda se han perdido millones de fieles debido al abismo abierto con la abundancia de clérigos pederastas y la inmovilidad de las estructuras.

En Estados Unidos, hace dos días se difundió un sondeo que alarma con este dato: el 37% de los fieles se plantea si debe abandonar la Iglesia católica ante la insistente proliferación de los escándalos y la incapacidad de las jerarquías de controlarlos.

La visibilidad de lo que antes las jerarquías ocultaban favoreciendo a la larga el actual estallido, hasta resuta chocante. El sacerdote chileno Héctor “Tito” Rivera, denunciado por haber violado a un feligrés dentro de la Catedral metropolitana, es ahora una estrella de la televisión.

En una entrevista muy seguida comentó para justificarse que “en la Iglesia se da un ambiente favorable para prácticas homosexuales”. “Había una suerte de consenso sobre formas de comunidad entre hombres y una suerte de desprecios por la mujer”, reveló acerca de la vida de los sacerdotes.

A la espera de las directivas que prometió el Papa para poner bajo control primero y acabar después con los abusos sexuales y el ocultamiento, más las normas para poner bajo control a los obispos, que gozan de una gran autonomía y no cederán fácilmente sus privilegios, el rosario de noticias de las novedades en el Gran Escándalo continúa implacable.

Hace dos días la muy católica y conservadora Iglesia polaca informó que 400 curas, monjas y religiosos del país de Juan Pablo II, se declararon culpables de agresiones sexuales cometidas contra menores desde 1990.

El embajador (nuncio) del Papa en Francia, monseñor Luigi Ventura, ya blanco de las denuncias de dos hombres que lo acusaron de tocar sus partes íntimas en reuniones públicas, ha recibido una tercera denuncia. Un hombre dijo que el decano del cuerpo diplomático le manoseó las nalgas en un encuentro público. Y una cuarta víctima, otro hombre, testimonió ante la policía pero no quiso presentar una denuncia.

Hace una semana, cinco clérigos mexicanos han sido denunciados por abusar de niños y adolescentes en la península de Yucatán.