El Papa inicia el año con nuevo equipo de comunicación para hacer frente a los escándalos de abusos sexuales

Tras la renuncia sorpresiva del portavoz, Francisco nombra a un poderoso vaticanista para bajar la línea papal a los medios vaticanos. En febrero tendrá una cita clave: recibe a los presidentes de las conferencias episcopales de todo el mundo.

Si 2018 fue el más difícil para el Papa argentino, el 2019, sexto año del pontificado, promete brindar nuevos sofocones a Jorge Bergoglio. El año viejo terminó y el nuevo comenzó con los enredos que brotaron en el dicasterio vaticano que gobierna los medios de comunicación de la Santa Sede. El anuncio del despido sorpresivo (“me avisaron con dos días de anticipación”, se quejó en privado) del director del Osservatore Romano, Giovanni Vian, tras 11 años de leal y eficaz servicio, fue acompañado por la noticia-bomba de que el más poderoso vaticanista proPapa, AndreaTornielli, había sido nombrado por Francisco director editorial del área de comunicaciones, encargado de bajar la linea papal a los medios de la Santa Sede, una tarea sin precedentes.

La sorpresa se convirtió prácticamente en escándalo cuando el último día del 2018 llegó la respuesta inesperada: la renuncia como director de la sala de Prensa del portavoz pontificio el norteamericano del Opus Dei Greg Burke y su segunda, la española Paloma García Ovejero. Ni Francisco ni su círculo íntimo se esperaban esa reacción conflictiva disfrazada de deseo de dar completa libertad de reorganización al Papa argentino. Hubo que nombrar como nuevo portavoz, interino que podría ser confirmado, al funcionario Alessandro Gissotti, que durante casi 20 años trabajó en la radio Vaticano junto al mítico padre jesuita Federico Lombardi, que fue vocero de los dos últimos papas.

Gissotti es un profesional experimentado enviado como un kamikaze a bloquear el agujero negro abierto por la renuncia de Burke y García Ovejero, que causó agitación entre los informadores vaticanistas. Inmediatamente se pensó en la decisión de Bergoglio de traer a un peso pesado como Tornielli, creador y capo de Vatican Insider, el más influyente sitio de información de la Iglesia, que pertenece al diario La Stampa de Turín, como el comienzo de una ofensiva para afrontar el posiblemente más importante acontecimiento internacional de la Iglesia en 2019: la llegada a Roma de 160 presidentes de las Conferencias Episcopales de rito latino y oriental, convocados por el Papa para tratar la devastante crisis que afronta la Iglesia con los miles de abusos sexuales de miembros del clero a niños y menores.

La cita será entre el 21 y el 24 de febrero y el Papa se juega el presente y el futuro de su pontificado bajo el asedio de las constantes oleadas de denuncias contra los curas pederastas y la cobertura que reciben por parte de sus superiores y obispos en todo el mundo.

La batalla por el dominio de la información ha comenzado con un incidente que ha dejado varias bajas y nuevos recelos, a raíz de la dimisión de Burke y la liquidación casi brutal del apreciado director del Osservatore Romano, Giovanni Rian. Ambos eran respaldados por el número dos de la Iglesia, el secretario de Estado cardenal Pietro Parolín, que en los papeles es actualmente el candidato favorito a suceder a Bergoglio en un Cónclave, si el trono de la cátedra del obispo de Roma se convirtiera en sede vacante.

No hay tiempo para perder así que pronto se sabrá si Alessandro Gisotti es confirmado como portavoz, director de la Sala de Prensa y hasta donde se extiende el nuevo poder de ideólogo afín al pontífice Andrea Tornelli, que ha escrito más de sesenta libros sobre los pontífices, las cuestiones vaticanas y sus alrededores. Tornelli sabrá que tiene que tener cuidado con lo que dice, evitar las maniobras y afrontar la crisis ofreciendo el pensamiento papal a través del manejo de la Armada de medios que controla el Vaticano, una trinchera de comunicaciones con un efecto multiplicador extraordinario. En el Osservatore Romano ya ha comenzado a trabajar Andrea Monda, el sucesor de Giovanni Vian. Su misión es propalar “urbi et orbe” (a la ciudad y al mundo) el mensaje bergogliano.

La “tolerancia cero” prometida desde el comienzo del pontificado, se ha revelado débil. La crisis, además, está centrada en la Iglesia norteamericana, donde desde 2002, cuando estalló la primera ola a partir de los centenares de casos que saltaron a la notoriedad en la arquidiócesis de Boston, se han sucedido los desastres. Como antecedente es otro desastre que el Papa san Juan Pablo II y sus sucesores hayan protegido al arzobispo de Boston Bernard Law,culpable de dar cobertura a los curas pedófilos nombrándolo arcipreste de la catedral pontificia de Santa María la Mayor en Roma con la cobertura diplomática de la Santa Sede, que lo salvó de la extradición a Estados Unidos y la cárcel.

Tras los escándalos en Pensilvania, Illinois y otros estados norteamericanos, el Papa argentino impidió a los obispos yanquis que decidieran en forma autónoma medidas para luchar contra los curas pederastas y oxigenar de una buena vez al catolicismo de 70 millones de fieles escandalizados. Esta prohibición generó nuevas tensiones, ya muy altas porque es en Estados Unidos donde se concentra la conspiración conservadora y tradicionalista para liquidar al pontífice argentino “tercermundista y hereje”.

Bergoglio organizó ocho días ejercicios espirituales a las que han asistido cerca de Chicago la mitad de los obispos, y les envió una carta de seis páginas de tono justamente dramático. “La credibilidad de la Iglesia se ha visto fuertemente cuestionada y debilitada por esos pecados y crímenes”, pero sobre todo “por la voluntad de querer disimularlos y esconderlos”, escribió Francisco.

La actitud de encubrimiento “lejos de ayudar a resolver los conflictos, permitió que se perpetuasen e hirieran más profundamente el entramado de relaciones que hoy estamos llamados a curar y recomponer”.

La carta va mucho más allá del tema de los abusos, es un llamado a terminar con las conspiraciones y demostrar “la capacidad de construir vínculos y espacios sanos y maduros”, que sepan “ respetar la integridad de la persona”. Bergoglio pidió a los obispos que demuestren su voluntad para salvar la unidad de la Iglesia con “la capacidad de convocar para despertar y dar confianza en un proyecto común, amplio, humilde, seguro, sobrio y transparente”.

La crisis por los masivos escándalos sexuales que han hundido el prestigio y la credibilidad de la Iglesia y cuya fase aguda lleva ya casi veinte años, pone a la institución que lidera a 1.300 millones de bautizados y al mismo Papa en un brete cada vez más estrecho. Mueren las palabras, hace falta que Francisco anuncie en el encuentro histórico con los presidentes de las Conferencias Episcopales del 21-24 de febrero un plan de medidas concretas y eficaces.

El jesuita Hans Zollner, presidente del Centro de Protección a los Menores de la Universidad Gregoriana de Roma, conocida como “la usina de los papas” por su prestigio formativo, es uno de los cuatro miembros del grupo que el Papa nombró para organizar y proponer las líneas de conducta a los presidentes de las asambleas de obipos que se congregarán en Roma. Zollner enfocó bien el problema más critico: cómo responsabiizar a los obispos para manejar correctamente los casos. Es un tema muy difícil: los obispos son descendientes de los apóstoles, representan la columna vertebral de la institución eclesiástica, canónicamente en una relación directa, sin intermediarios, con el pontífice.

“Queremos ver cómo podemos poner sobre la mesa la cuestión de los obispos”, principales acusados de las maniobras de cobertura de los responsables, en una larga tradición de ocultamiento que se arrastra desde hace siglos.

En el vasto panorama de los abusos sexuales existe una variante que ha sido sumergida por la Iglesia porque va directamente a sus entrañas. Cuando las víctimas del clero son las monjas. El fenómeno se está demostrando mucho más grave y explica el auge desde hace años de la fuga de las mujeres religiosas de la Iglesia.

El último escándalo ha estallado en la India. Desde hace décadas que se suceden las violaciones. Incluso una de ellas, de 44 años, acusó a su obipo de haberla violado 13 veces en dos años. En una protesta pública, grupos de monjas han pedido el arresto del prelado, pero la comunidad católica se ha dividido y aislado a las denunciantes, según reveló una investigación de la agencia Associated Press.

El otro caso en el candelero es de las monjas chilenas, que se han unido a las masivas denuncias que hundieron a la Iglesia trasandina contra los curas pederastas, revelaron que decenas de ellas también han sido abusadas sexualmente por sacerdotes y hasta por otras hermanas y alguna superiora.

El incendio se propaga ahora también a la sufrida Iglesia femenina, siempre postergada y sometida. Pero no es una novedad. En marzo de 2001, el portavoz de Juan Pablo II, el español Joaquín Navarro Valls, reconoció que el Vaticano y el Papa conocían las denuncias contenidas en cinco informes de superioras de órdenes norteamericanas que inspeccionaron las filiales africanas y descubrieron la terrible verdad.

Centenares de monjas eran violadas como actividad común de los curas africanos, incluyendo las jerarquías, o sea obispos y hasta cardenales. Suor Maura O’Donohue refirió el caso del sacerdote que dejó embazada una monja, la obligó a un aborto que le costó la vida y celebró los funerales.

Nunca más el Vaticano respondió a las inquisiciones periodisticas sobre qué medidas se estaban tomando para contener el fenómeno. De esto no se habla. Hasta hoy no se sabe si se adoptó alguna medida o si la prática “non sancta” continúa. Como siempre las mujeres son víctimas especiales de las discriminaciones en la Iglesia. ¿Se ocupará ahora el Papa del caso, rescatándolo del olvido?

​Vaticano, corresponsal.