Populismos y después

Se trata de un concepto político que sin dudas despierta pasiones. Polémicas con enunciados a favor y en contra.

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Hay quienes se permiten analizarlo de manera descontextualizada, como si fuera posible abstraerse de la idiosincrasia particular de cada país en el que se desarrolla.

Asistimos a una etapa en que, desde lo analítico más que desde la conciencia política efectiva de ello, nos permitimos revisar el concepto. Probablemente este sea un momento “post populismos”, oportunidad para que surja una nueva forma de gestión pública o bien solo un interludio hasta que vuelva a imponerse el mismo modelo.

Hablar de legitimidad del poder o falta de ella en términos de los gobiernos que tenemos a lo largo y ancho de la región latinoamericana, nos pone en consideración directa de las democracias que tenemos, las que vamos construyendo, las fortalezas y debilidades que presentan. Al tiempo que oportuno es plantearnos también en el contexto de lo que parece ser, a los ojos de muchos analistas, la asunción por vías democráticas de gobiernos “aparentemente” alejados del término que nos convoca en esta oportunidad.  

Vivimos como región en una instancia de revisión de los populismos, básicamente, pero también de todo lo que hace a los gobiernos que nos vamos dando. De cómo juegan estas formas de gestión pública con respecto al régimen democrático que -por buen tino o buena suerte- conservamos. Las figuras que han sido claves en estos últimos tiempos en nuestra región vinculadas al despliegue populista en distintos países, fueron removidas o reemplazadas de sus cargos institucionalmente. Está pendiente la definición de la situación de Venezuela.

Nos encontramos en una etapa de replanteo de los modelos que supieron convencer y liderar en gobiernos por años, pero que a fin de cuentas realmente no terminan de resolver los problemas sociales más acuciantes de quienes justamente dicen defender y para quienes dicen gobernar: los sectores sociales más vulnerables. Brasil, Chile, Venezuela, Perú, nosotros mismos, somos parte de ese replanteo, en función de las crisis que vivimos o los recambios de gobiernos que se han dado.

Nos damos cuenta que terminan sus gestiones y en algunos casos dejan aún mayores conflictos. Indicadores sociales alarmantes: pobreza, indigencia, desnutrición, falta de empleo. Todos estos factores hablan de los populismos que se sostienen con el asistencialismo del estado a aquellos  sectores, poca productividad, poco crecimiento. Superficialidad para tapar baches en vez de profundidad y medidas de verdadero progreso.

Así es que en función de estos hechos, resulta necesario el replanteo de los populismos, no como concepto sino en la práctica. Se trata de un concepto político que refiere a movimientos que se muestran, ya sea en la práctica efectiva o al menos en los discursos, combativos frente a las clases dominantes.

La lógica es la apelación al “pueblo” para desde allí construir poder, entendiendo al pueblo como las clases sociales sin privilegios económicos y/o políticos.

Suele ser constante la denuncia en contra de las clases privilegiadas, los líderes populistas a menudo se presentan ellos mismos como los únicos redentores de los humildes.

En nuestro caso particular Cambiemos no puede desprenderse de manera deliberada del populismo. Quizás no sería del todo cierto decir que este gobierno es de derecha, ni que es de izquierda. Podríamos pensar al gobierno de Mauricio Macri, en una instancia donde se replantea de nuevo la misma definición de derecha e izquierda. No por mérito de su gestión en sí sino por todo un contexto en el que atravesamos de asistencia a claras manifestaciones de malversaciones de la gestión anterior y todo lo que queda por resolver aun respecto a ello.

Por supuesto es innegable la mirada con suspicacia o sospechas sobre Macri que lo ubica directamente en el ámbito empresario. No obstante, creo que algunas medidas como lo de las ampliaciones de las asignaciones familiares, si bien no sería oportuno quitarlas a esta altura, tampoco fueron eliminadas sino por el contrario, ampliadas. Sucede que con ello no basta para tildarlo de populismo.

La región, buena parte de los países de nuestra América latina se encuentra dramáticamente viviendo instancias similares en lo político, social y económico.

A esta altura la corrupción como flagelo es clara y tristemente una situación que nos afecta a todos por igual y podemos decir que bien puede ser de derecha como de izquierda, pasando por todos los sectores intermedios.  (Por todas las calificaciones intermedias). Y sacudiendo fibras sociales muy sensibles. Los descubrimientos nos ponen de frente con algo que debemos asumir y resolver. Forma parte de nuestros contextos, y es inevitable contarlas entre los factores que influyen en la calidad institucional que tenemos.  

Resulta todo un desafío encontrar la forma de revisar nuestras culturas políticas, de superar las polémicas y concentrarnos en encontrar la forma de gestión política que resulte para cada uno de nuestros países de modo que beneficie realmente a todos los habitantes. Que brinde oportunidades por igual y provoque paulatina pero firmemente la superación de todos los males que sostienen esta situación crítica en la que parece que caemos cíclica e inevitablemente.

Las “culpas” no la tienen la política ni los conceptos políticos, todo se tergiversa en la práctica, en el desarrollo. Las responsabilidades –es hora de reconocerlo- son humanas. Los excesos nunca son buenos, quizás un punto intermedio entre el populismo exacerbado y el capitalismo radicalizado puede darnos una nueva opción.