El Real Madrid de Zidane, la máquina récord del gol

Con el 3-1 ante Nápoli, llegó a 41 partidos consecutivos convirtiendo. La mejor racha histórica.

No quedan dudas: el defensor del título está en escena. No tiene tanto que ver en la cuestión ese escudo dorado que lo acredita como el campeón del Mundial de Clubes de la FIFA, tras haber obtenido la Champions League frente al Atlético de Madrid, en la final del Meazza. Es otra cosa: se percibe en el ambiente; se corrobora en el campo de juego. En el encuentro de ida de los octavos de final, Real Madrid brindó una muestra de autoridad. Tras estar incómodo y en desventaja, se terminó imponiendo 3-1 ante un bravo Nápoli. Demostró que es fuerte ante la adversidad, que tiene recursos múltiples para llegar al gol y que el hambre de gloria no quedó saciado tras aquel triunfo frente al archirrival de su vecindario.
Casi con naturalidad, el estadio Santiago Bernabéu -acostumbrado a la gloria como ningún otro- asistió con aplausos a un nuevo triunfo que ofreció el abrazo de un hito histórico: con el de ayer, el equipo de Zinedine Zidane igualó el récord de 41 partidos consecutivos marcando goles. Sólo en tres ciclos anteriores había sucedido tal cosa: con José Mourinho (en la temporada 11/12), con Leo Beenhakker (a fines de los ochenta) y con Ipiña (a principios de los cincuenta). Si el sábado el equipo convierte -como local, por la Liga, ante Espanyol- habrá un nuevo motivo para festejar en la Casa Blanca.
La última vez que se quedó sin goles para gritar fue en abril del año pasado, en el empate 0-0 ante el Manchester City, en el Etihad, por la Champions que terminó ganando.
De todos modos, el récord absoluto lo tiene el principal de sus enemigos: el Barcelona, que estableció la marca de 44 partidos sucesivos marcando goles entre las temporadas 42/43 y 43/44. También tras esos pasos va este Real Madrid implacable.
No era un partido sencillo. El campo de juego no desmintió esa percepción. Real Madrid arrancó perdiendo por ese golazo de Insigne (desde 30 metros, ante un Keylor Navas mal ubicado) y por momentos lució tambalente. Pero tuvo una virtud decisiva: jamás se desesperó cuando las cosas no salían de acuerdo con el plan de Zizou. Fue decisivo otro detalle: el empate no tardó en llegar. Real Madrid no dejó que el Nápoli se acomodara. A los 19, ocho minutos después de la apertura del marcador, apareció el cabezazo de Benzema -tras un centro preciso y precioso de Carvajal- para establecer el 1-1. Ese grito también fue un mensaje: el equipo de Sarri comprendió que estaba en Madrid.
Esa altura, ya estaba sentado en las tribunas del Bernabéu, el más ilustre de los visitantes. El superhéroe del Nápoli, Diego Maradona. Estaba con Benjamín -su nieto- y con Rocío Oliva, su pareja. Lucía expectante en el recorrido de un día agitado. Un rato antes, les había dado una charla motivacional a los jugadores visitantes en el vestuario. A la mañana había recibido la visita de la Policía en el hotel Eurostar Mirasierra Suite porque se escuchaban gritos desde su habitación. Luego, a través de Facebook, Maradona explicó: “No hay ninguna denuncia y nadie supo explicar el motivo de este show mediático. Estoy pasando un gran momento. Que la cuenten como quieran…” Ya en la cancha, Diego parecía uno más de los diez mil napolitanos que viajaron desde el sur de Italia a la capital española. “Una invasión celeste junto a nuestro dios”, decía un fanático por las calles de Madrid.
Pero no alcanzó esta vez con la impronta del mago que transformó al Nápoli periférico en un múltiple campeón. A diferencia del Barcelona, que no tuvo respuestas el martes ante el PSG (0-4, en París), Real Madrid fue una máquina de corregirse: ante cada dificultad, una respuesta. Colectiva (como esa jugada que derivó en el gol de Tony Kroos, tras una asistencia de Cristiano Ronaldo) o individual (como esa volea impresionante de Casemiro para el tercer grito) o táctica. Siempre una solución en nombre de una victoria. Y de otra Orejona, la Duodécima. Esa eterna obsesión.