El Papa finalizó una gira marcada por la tragedia de los musulmanes rohinyas

El pontífice amparó a esa minoría en desafío a los militares de la ex Birmania a quienes se acusa de genocidio.

El Papa emprendió a las cinco de la tarde (nueve horas menos en la Argentina) el regreso a su sede de Roma tras una triunfal gira asiática eb lo religioso y geopolítico, dominada por su defensa de la minoría musulmana rohinya, perseguida con un genocidio por los militares de la ex Birmania y con 700 mil prófugos huidos al vecino Bangladesh.

En la ex Birmania, los militares prácticamente prohibieron al Papa que mencionara por su nombre a los rohingyas y no permitieron que recibiera a ninguna delegación de esa etnia islámica perseguida, que los budistas y los uniformados consideran extranjeros, negándose a darles la nacionalidad.

El jueves, cuando viajó a Bangladesh, el panorama cambio. El presidente de ese país dijo al Papa que “miles de rohingyas han sido asesinados, torturados y miles de mujeres fueron violados”, en el peor desastre humanitario que se recuerda en décadas en la región asiática. Del millón y medio de integrantes de la minoría, 700 mil han huido a Bangladesh, adonde siguen llegando.

Pero las autoridades de Bangladesh, temerosas por una eventual reacción de los militares birmanos que creara un conflicto entre ambas naciones, no permitieron a Bergoglio viajar hasta alguno de los campamentos donde viven en condiciones muy precarias los refugiados rohingyas.

La gira asiática, muy difícil del pontífice argentino en los dos países agitados por la represión a la minoría rohinya, tuvo repercusiones geopolítcas importantes que benefician el progreso de las relaciones entre el Vaticano y China, que miró con favor la gestión de Jorge Bergoglio.

Aunque se refuerza el proceso de normalización de las relaciones de China con la Santa Sede , los tiempos no serán acelerados. Desde la llegada del jesuita Mario Ricci al imperio Han en el siglo XVI, los altibajos han sido muy grandes. En 1951 el régimen de Pekín, entonces bajo el comando absoluto de Mao Zedong, rompió relaciones con el Vaticano, que reconocía al gobierno de la isla de Formosa. Aún hoy el Vaticano ha bajado el nivel diplomático pero mantiene relaciones con el régimen de la vieja China nacionalista en un territorio donde existe una comunidad católica de 300 mil personas.

El efecto benéfico que ha tenido la visita del Papa a la ex Birmania y a Bangladesh para las relaciones de la Santa Sede con China, la superpotencia más influyente en la región, favorece sin dudas el proceso de acercamiento firme entre ambos estados. El Papa argentino, un jesuita, desea ardientemente que llegue el día en que pueda viajar a la tierra que amaba Mateo Ricci y que está en los planos prioritarios apostólicos de la Compañía de Jesús.

El viernes, el Papa recibió a una delegación de 18 miembros de la minoría, los escuchó tomándoles las manos y dijo que “la presencia de Cristo también se llama rohinya”, pronunciando por primera vez el nombre de la etnia. A nivel internacional, el gesto del Papa multiplicó el desprestigio de los militares, a los que las Naciones Unidas y los grupos humanitarios acusaron de “practicar un genocidio de manual”.

Aunque en Myanmar (ex Birmania), budista al 90% de sus 50 millones de habitantes, los católicos son apenas el 1% de la población, y en Bangladesh, con 160 millones, islámicos en un 88%, llegan a solo 450 mil fieles, la presencia desde el lunes pasado de Francisco tuvo un efecto shock que reanimó al catolicismo en estos dos países, otorgándole una gran influencia política, con una defensa cerrada de los derechos humanos y la solidaridad social.

Francisco “creó” en el último consistorio los dos primeros cardenales locales, que son los arzobispos de Rangún en la ex Birmania y de Daca, la capital de Bangladesh, poniendo en el mapa del poder de un futuro cónclave para elegir a su sucesor a dos países hasta ahora marginales.

Bergoglio demostró así su visión de que “desde la periferia se tiene una mejor visión de los problemas” inter Su gira en ese sentido sirvió para reforzar las posiciones del Papa argentino en la aguda interna que vive la Iglesia por los ataques de los grupos conservadores contra Francisco. Mientras Bergoglio llegaba el lunes a la ex Birmania, fue echado como subdirector general del IOR, el banco del Vaticano, el especialista informático Giulio Matietti. La decisión fue traumática, porque Matietti fue de inmediato acompañado por varios guardias suizos de civil hasta afuera de los muros vaticanos, para asegurarse que no se llevara ningún documento comprometedor más allá de las fronteras del pequeño Estado pontificio. No se conocen las causas concretas del despido del funcionario.

En sus casi cinco años de pontífice y los 81 años de edad que cumplirá este mes, el Papa argentino orientó sus 21 viajes a las periferias evitando los países centrales.

En la última jornada en la capital de Bangladesh, adonde llegó llegó el jueves de la ex Birmania en medio de grandes tensiones por la persecución de la minoría musulmana rohinya, Francisco visitó la Casa de Madre Teresa, donde se alojaba la santa cuando visitaba Bangladesh, que sus monjas gestionan en Daca para curar a los enfermos más pobres. El Papa visitó el cementerio donde están enterrados muchos católicos del país y en vecina Iglesia del Santo Rosario se reunió con los religiosos y religiosas, que lo recibieron con ovaciones.

El Papa recibió fuertes aplausos y risas generales cuando les dijo a los presentes. “Les he preparado ocho páginas y para no aburrirlos les voy a dar el discurso y decir lo que se me ocurra.

Francisco improvisó de nuevo el mensaje de peligro de las divisiones dentro de las comunidades católicas y “el mal que hacen los chismes”.

“La lengua, la lengua, es esto lo que destruye una comunidad. El hablar mal de otros el subrayar defectos, de otros pero no decírselo y crear así desconfianza, recelos y un ambiente en el que no hay paz”.

Bergoglio calificó este accionar en la interna de la iglesia como “terrorismo” porque “el que va a hablar mal de otro lo hace a escondidas. Tira la bomba y se va y la bomba destruye todo, mientras él se va tranquilos poner otras”.

En el cementerio de la Casa de de Madre Teresa, el Papa echó agua bendita y bendijo las tumbas de muchos religiosos y monjas allí enterrados. También oró por los fallecidos y visitó la iglesia del Santo Rosario, con su fachada azul.

Más tarde el Papa se encontró con los jóvenes de la Universidad de Notre Dame, antes de dirigirse al aeropuerto de Dacca y partir con su comitiva de regreso a su sede Roma, en un viaje de once horas de duración.